lunes, 1 de febrero de 2016

Soñé... - Poema XI -


Soñé…
y lloré, por que descubrí, tras los pétalos caducos de tu leyenda, la humillación y la tristeza, las sonrisas y la esperanza, la felicidad y la alegría.



Soñé…
que tus manos se acercaron a las mías, buscando ser guiadas, acabando con tu sensación de rea en un mundo irresponsable, deseando ser la causa de mis alegrías.

Soñé…
que mis caricias calaban en tu piel, enjugaban tus lágrimas y estas quedaban en mi regazo, siendo prisioneras de mis secretos; quedando en el baúl de nuestro olvido.

Soñé… 
que la desazón dejaba de perseguir tu alma y tu cuerpo de sirena, que palidecía como las marchitas hojas de una flor negra para no volver; que tu alegría revoloteaba como luciérnaga ya emparejada con su Amor.

Soñé…
que mi cautiverio era real, que mis penas se disipaban y los brotes amargos, aunque aún dejaban el sabor agrio en el paladar, se desvanecía en el pensamiento, poco a poco, mientras tus manos me acariciaban el alma.

Soñé…
que me acurrucaba entre tus brazos, me sujetabas con rigor mientras sentía el latir de un pecho, renovado y placentero, que saciaba mi sed de ternura, la que una sola mujer, en toda su expresión puede conseguir.

Soñé…
que no quería despertar, despertar de ese sueño tan seductor donde, tus señuelos me invitaban a amarte más allá de lo sensato, a desearte más allá de lo valiente, a conquistar tu alma sin cobardía y con el estandarte de una lealtad.


Soñé…

que mi garganta despilfarraba sonidos de agradecimientos por haberte conocido, que mis palabras permanecían mudas en un rizo de perplejidades, que mi mente se despejó con un guiño de tu párpado, que tus pupilas tatuaron en mi piel el placer de querer y que mi tez se enrojeció con el color de un pétalo, imperecedero y ardiente, rojo en flor: eterna vida de contemplación.



Soñé…
que tus labios me acariciaban la boca, que se fundían con mi esencia y que daban paso al halo de la felicidad, al oxígeno de la vida, a la sustancia del éxtasis de la existencia, a la eyaculación de un placer infinito que moldeaban, como el alfarero con el barro, nuestros cuerpos en un solo ser.


Juanjo Sánchez 
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1 de febrero, 2016
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